El segell Fantascy publica “Trece monos”, que es presenta com el retorn de César Mallorquí al gènere fantàstic, tot i que, personalment tinc la sensació que mai no l’ha deixat, ja que encara que en aparença s’hagi dedicat a conrear altres gèneres, la ment de Mallorquí és una eina fantàstica en ella mateixa i té aquest pòsit únic d’imaginació, de saviesa i de proximitat que fa que tota la seva obra s’impregni d’aquesta màgia clàssica que té molt a veure amb el gènere fantàstic i amb els universos que demanen la complicitat del lector des de tots els àmbits i en cada moment.
Mallorquí és un dels grans nom de la literatura actual, reconegut amb infinitat de guardons (l’últim el Cervantes Chico de l’ajuntament d’Alcalà d’Henares), converteix en or literari tot allò que toca i cada llibre seu és un motiu de celebració i de gaudi. Les seves històries són sempre rodones, captivadores, contundents, de les que enganxen, de les que creen lectors i fanatismes incondicionals més enllà de gèneres, línies i presentacions.

Trece monos – César Mallorquí

En aquest cas concret que ens ocupa, “Trece monos” són 13 narracions que van des del que es podria considerar una novel•la curta fins a una narració molt breu i mostren un Mallorquí en estat de gràcia, capaç de posar la seva imaginació brillant al servei d’una ciència ficció, propera, gens estranya i molt, molt inquietant, una ciència ficció quasi personal, allunyada dels dictats de la moda i convertida en una manera concreta de projectar la seva singular capacitat de fabular.
Madur, excels i contundent, l’autor és capaç de moure’s per un gran ventall de registres, de transitar per avingudes i carrerons sense perdre en cap moment el timó, sense abandonar el quadre de comandament d’una galeria d’històries i de personatges dels que fan pensar, dels que es situen al pol oposat de qualsevol sentiment semblant a la indiferència, dels que sorprenen. Cèsar Mallorquí és un dels grans escriptors contemporanis amb dues eines infal•libles, la seva prodigiosa capacitat per imaginar i desenvolupar històries úniques i absolutament magnètiques i un ofici inqüestionable per a dur-les al paper de manera que un cop comences a llegir et sentis atrapar per una força invencible i poderosa ja no puguis fugir d’una lectura que xucla sense remei.
“Trece monos” és, de fet, un passeig per una aposta especial, quasi una mena d’antologia personal, un brillant catàleg d’aproximació que provoca el mateix efecte que qualsevol dels seus llibres, rendir-se a l’instant a la seva envejable capacitat de seduir amb la literatura. Cada història, amb un origen diferent i una motivació concreta, és una píndola de literatura de gran impacte i totes mantenen un altre dels trets específics de Mallorquí, un sentit de l’humor únic, que cavalca entre la ironia intel•ligent i la riallada franca, un sentit de l’humor que es converteix en un subtil fil conductor que es belluga sempre com un fons omnipresent marca de la casa.
I Mallorquí, a més, exhibeix una personalitat càlida i afable, sempre allunyada dels divismes que es posa de manifest en qualsevol contacte que tinguis amb ell, ja sigui personal o virtual. De fet, cadascuna de les històries del llibre va acompanyada d’una petita introducció que l’autor aprofita per aportar alguns detalls personals de la gènesi de cada relat, tretze històries que han anat veient la llum al llarg dels últims vint anys, fruit de necessitats personals sortides del seu magnífic blog La fraternidad de Babel o d’encàrrecs de diferents procedències.
I com ja quasi és habitual, (és la quarta ocasió que ens regala un dels seus textos), César Mallorquí parla d’aquests magnífics “Trece monos”.

César Mallorquí rebent el Cervantes Chico

Aprendí a amar la literatura, allá en mi lejana infancia, a través de dos géneros: el humor y la ciencia ficción. Al primero llegué gracias a los relatos de Guillermo Brown, de la genial escritora inglesa Richmal Crompton, y luego proseguí con Jardiel Poncela, P. G. Wodehouse, Mark Twain, Fernández Florez, Evelyn Wough y muchos otros. La ciencia ficción me llegó por vía familiar: mi padre, José Mallorquí, fue, además del creador de El Coyote, el editor de Futuro (1953-54), la primera colección de fantasía científica moderna editada en España. Además, mi hermano mayor era un gran aficionado al género.
Durante muchos años fui fan de la ciencia ficción. De hecho, los primeros relatos que escribí, cuando tenía 14 o 15 años, pertenecían a esa temática. Confieso que imitaba descaradamente a Ray Bradbury y Fredric Brown. Mucho después, en 1981, abandoné la escritura y comencé a trabajar en publicidad. Durante una larga década sólo escribí anuncios para detergentes y cosas similares.
En 1991, harto de la publicidad, regresé a la literatura y, quizá refugiándome en un género al que amaba, lo hice escribiendo relatos de ciencia ficción. Por aquel entonces publiqué dos novelas, La vara de hierro y El coleccionista de sellos, y una antología, El círculo de Jaricó. En 1995 comencé a escribir novelas juveniles; con cierto éxito, lo cual me permitió profesionalizarme y dedicarme full time a la escritura. Curiosamente, ninguno de mis libros juveniles era de ciencia ficción, aunque más o menos la mitad tenían elementos de fantasía.
Al menos, así era hasta hace cuatro años. Supongo que la cabra tira al monte, porque mis dos últimas novelas juveniles, La isla de Bowen y La estrategia del parásito, son claramente ciencia ficción. Aunque no futurista, pues la primera está ambientada en 1920 (es una recreación del mundo de Julio Verne) y la segunda en el presente. La que estoy escribiendo ahora también es ciencia ficción, ambientada en un futuro cercano (y terrible).
No obstante, nunca abandoné del todo la ciencia ficción. Durante los últimos veinte años he ido escribiendo relatos cortos, alrededor de treinta, muchos de los cuales, la mayoría, pertenecen a ese género y al fantástico. En cierto modo, esos cuentos son regalos que me hago a mí mismo, pues escribir novelas es trabajo, pero escribir cuentos es un placer. Sobre todo, cuentos de ciencia ficción y fantasía, porque esos géneros me ofrecen una libertad inmensa, jubilosa y gratificante.
Finalmente, hace un par de años, reuní todos los relatos que había escrito y elegí trece para componer mi segunda antología: Trece monos (Penguin Random House, colección Fantascy, 2015). ¿Por qué trece? La verdad es que no lo sé. Quizá porque el trece, junto con el tres, el siete y el doce (y el 666), son los números más famosos. O por superstición inversa. O por pura manía. ¿Y por qué monos? Ah, para responder a esa pregunta me temo que hay que leer el libro.
Trece monos no es una antología homogénea, de esas en las que todos los relatos desprenden una aroma similar. Por el contrario, los cuentos son muy distintos entre sí. Es como una caja de bombones: unos son de crocanti, otros de licor, los hay de trufa o de pistacho... un surtido variado, para entendernos. No obstante, algo tienen en común: el placer de narrar. O, mejor dicho, el narrar por puro placer; lo que espero que se traduzca en el placer de la lectura.

César Mallorquí amb "alguna cosa mexicana al cap

De los trece relatos, ocho son de fantasía y cinco de ciencia ficción. Aunque, en realidad, mi forma de concebir el género fantástico se aproxima mucho a la ciencia ficción. En cada uno de los relatos de fantasía aparece, en un entorno cotidiano, un único elemento sobrenatural. Luego, todo ha de ser coherente y lógico en función de ese factor irreal. Así funciona también la ficción científica. Pero echémosle un rápido vistazo a las historias:
El decimoquinto movimiento trata sobre una partida de ajedrez que dura cientos de años, y habla de la obsesión y del escaso control que tenemos sobre nuestro destino.
Virus es un canto a la libertad del arte y de los artistas tomando como eje la figura de Antonio Gaudí.
Cuento de verano es una versión humorística del Cuento de Navidad de Dickens, y su leitmotiv son los estragos que puede causar la estupidez.
El regalo está protagonizado por la persona más desgraciada del mundo.
El muro de un trillón de euros versa sobre la inmigración en el futuro, la decadencia y la memoria.
Fiat tenebrae se plantea qué pasaría si cierta creencia religiosa resultara ser cierta.
La isla del cartógrafo es una historia de amor más allá de la muerte.
Ensayo general muestra una Navidad de hace 65 millones de años.
El jardín prohibido recrea un girón de invierno en Umbría, una ficticia región española donde lo imposible es un asunto cotidiano.
Océano narra el nacimiento y muerte de un dios electrónico.
Cien monos es una sátira amable sobre el universo de Borges.
Todos los pequeños pecados trata sobre la culpa y la redención.
Naturaleza humana describe un viaje a lo más oscuro de nuestra esencia.
Trece monos es un regreso a mis orígenes literarios: pero también, al menos así lo creo ahora, una despedida. Eso no significa que vaya a abandonar los géneros que tanto amo, la ciencia ficción y la fantasía; seguiré frecuentándolos en mis novelas. Tampoco dejaré de escribir relatos, pero sólo para mi blog y para encargos concretos. No obstante, tengo casi la certeza de que no publicaré ninguna otra antología.
En España no hay afición a los relatos cortos y, por consiguiente, apenas existen ámbitos editoriales donde publicarlos. Sacar adelante una recopilación de cuentos es una tarea demasiado ardua y, a la larga, demasiado frustrante. No sé si vale la pena el esfuerzo. Hoy por hoy tengo la sensación de que no. Pero quizá estoy siendo demasiado pesimista; a fin de cuentas, lo único seguro acerca del futuro es que nunca será como lo imaginamos.
En cualquier caso, ahí están mis trece historias. Espero en que quien se aproxime a ellas disfrute tanto leyéndolas como yo disfruté mientras las escribía.


Moltes gràcies, César.